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miércoles, 4 de julio de 2007

LUIS BARBOO, EL SICARIO DEL TÍO JESS





Existen actores cuyos rostros les predestinan a ejercer de villanos. También ocurre lo contrario: Cary Grant no podía dar vida a una persona sin escrúpulos. Hitchcock lo intentó en "Sospecha" y los productores se le echaron encima y le obligaron a cambiar el final que había previsto. Así la bondad intrínseca de Grant quedaba intacta.

Los rostros de los villanos son muy interesantes. Suelen tener facciones anguladas y algún rasgo distintivo, como puede ser una cicatriz o una nariz inusual. Mis dos villanos favoritos del Hollywood clásico (bueno, de los cincuenta y sesenta) eran Jack Palance y Henry Silva. Dos tipos duros capaces de cualquier maldad. Pero como eran unos actores maravillosos, no se contentaban con ser unos malvados monolíticos y bajo miles de capas de maldad guardaban un ápice de humanidad, como demostraron en películas como "I died a thousand times" (Stuart Heisler, 1955) y "Johnny el frío" (William Asher, 1963).

En España también hemos tenido villanos notables, como Julián Ugarte, Frank Braña, Armando Calvo, Eduardo Fajardo o el gallego Luis Barboo que ahora nos ocupa.

Barboo (realmente Bar Boo, que son dos apellidos) nació en Vigo en 1927 y sus inicios en el mundo del espectáculo tienen lugar en ambientes circenses. Su natural envergadura, conseguida con su trabajo en el circo y la práctica del deporte, le abrió las puertas del cine en calidad de especialista.

Durante sus primeros años se especializó en “westerns” mediterráneos y ya aparecía brevemente en “Por un puñado de dólares” (Sergio Leone, 1964), la película que generó el bum del género. A esta le seguirían títulos como “El halcón y la flecha” (Sergio Sollima, 1966), “El hombre que mató a Billy el Niño” (Julio Buchs, 1967) o “Un hombre vino a matar” (León Klimovsky, 1968), entre otras. Su aspecto fiero, una mirada dura y, sobre todo, una cicatriz que le surcaba el rostro, lo hacían ideal para dar vida a fieros pistoleros sanguinarios de esos que tanto abundaron en el oeste almeriense, sicarios sin piedad capaces de enterrar vivo al protagonista de la película que, lógicamente, ideaba una cruel venganza contra sus malhechores.

También rodó varios títulos bélicos como “Comando al infierno” (José Luis Merino, 1969) o “Los diablos de la guerra” (Bitto Albertini, 1969). En 1971 se acercó al género de terror con el giallo “La cola del escorpión” (Sergio Martino) y se instaló definitivamente en este género de la mano de Jesús Franco, para el que rodó “La fille de Dracula”, “Drácula contra Frankenstein”, “La maldición de Frankenstein”, “Les démons” y “Les ebranlées” en 1972 y con el que seguiría colaborando frecuentemente. Fue templario a las órdenes de Amando de Ossorio en “El ataque de los muertos sin ojos” y trabajó también para Juan Piquer Simón en “Viaje al centro de la tierra” (1976), “Supersonic man” (1979) y “Misterio en la isla de los monstruos” (1981).

Realizadores de prestigio contaron con Barboo para sus películas, como Manuel Gutiérrez Aragón en “Habla mudita” (1973), Roberto Bodegas en “Los nuevos españoles” (1974), José Luis Borau en “Hay que matar a B.” o Mario Monicelli en “Los alegres pícaros” (1988). Especialmente relevantes son sus dos colaboraciones con John Milius en “El viento y el león” (1975) y “Conan el bárbaro”. También trabajó para Burt Kennedy, Monte Hellman, Antonio Margheriti, Ruggero Deodato y Charlton Heston, en una filmografía que comprende más de cien títulos, entre cine y televisión.

Un rostro singular para un efectivo actor de reparto, uno de esos actores que hicieron posible un cine industrialmente rico y variado. ¿Qué sería del cine español sin sus secundarios?

Luis Barboo falleció en 2001.

viernes, 22 de junio de 2007

XEVI, EL ILUSIONISTA




Estaba buscando un buen cartel de la película "Diabla" cuando di con la página de un personaje al que no conocía pero que me resultó tan curioso que no he podido evitar escribir de él.

Se trata de Francesc Xavier Sala, más conocido como Xevi, el ilusionista.

Entre sus hazañas, podemos contar que en 1969 consiguió el record mundial de conducción de coches con los ojos tapados en Barcelona, empresa esta que ha seguido haciendo durante todos estos años en las diferentes ciudades del mundo que ha visitado.

Ha escrito varios libros sobre magia e ilusionismo, algunos traducidos a otras lenguas, y ha representado a España en diferentes festivales mágicos. Además ha conseguido innumerables galardones, tanto por sus trabajos como por su cualidad humana (hace campañas frecuentemente en geriátricos, hospitales, etc).

En su página web encontramos su abracadabrante currículo, en el que no falta ni siquiera su visita al papa Juan Pablo II.

Asimismo, en su pueblo natal de Santa Cristina d'Aro ha montado su "cása mágica", toda una cita ineludible para los amantes del "kitsch", con su sala de autómatas y todo. A ver si este verano me animo…

Y por si fuera poco, Xevi ha hecho cine. Ha compartido pantalla con Fernando Fernán-Gómez y Narciso Ibáñez Menta, entre otros.

Todo un personaje.

FILMOGRAFÍA:

1979: Diabla (Enzo G. Castellari).

1981: Made in China (John Liu).

1985: El lío de papá (Miguel Iglesias).

La loca patrulla de verano (Santiago Lapeira)¹.

1986: Más allá de la muerte (Sebastián d'Arbó).

1987: El gran Serafín (José María Díaz Ulloque).

La diputada (Javier Aguirre).

¹ Ignoro de qué película se trata, quizá sea la ignota "Escrito en los cielos", dirigida por Lapeira ese mismo año. ¿Alguna ayuda?

miércoles, 2 de mayo de 2007

LA TRAGEDIA TIENE CABELLOS RUBIOS: EL CASO WILLIAM BERGER













Pues de nuevo otra historia trágica ocupa el espacio de este blog. En este caso se trata de los terribles acontecimientos de los que fue coprotagonista el actor austríaco William Berger entre 1970 y 1971.

Pero no adelantemos acontecimientos y repasemos la accidentada carrera de este actor nacido en Innsbruck, capital del estado de Tirol, el 20 de enero de 1928 bajo el nombre de Wilhelm Thomas Berger.

En 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, se traslada a los Estados Unidos, donde estudia ingeniería y participa en la Guerra de Corea bajo el mando de la Fuerzas Aéreas. Trabaja brevemente en la IBM, pero tiene bastante claro que lo que le gusta es escribir. Es por ello por lo que se apunta a unos cursos de guión para televisión. En una ocasión, su profesor le sugiere que sustituya a un actor en una obra de teatro de un instituto de Rhode Island. Su actuación es todo un éxito y le entra el gusanillo por la profesión. Hay que decir que su físico también le ayuda considerablemente: alto, guapo, rubio y de ojos azules, vamos, un cromo.

Se pone a trabajar en Broadway, donde actúa al lado de Henry Fonda. También desempeña diversos papeles en series de televisión como “Peter Gunn” o “El show de Dick Powell”. Durante una gira teatral que le lleva a Roma, su aspecto llama la atención de Marco Ferreri, que lo ficha para su película “L’uomo dei cinque palloni” (1965), en la que compartía cartel con Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi y Catherine Spaak.

Tiene dos hijos con su primera esposa, la cantante croata Hanja Kochansky: Katya (1964) y Kasimir (1966), que tendrán una muy breve carrera cinematográfica. De una relación anterior tenía otra hija, Debra, que también hace algo de cine. Ferreri lo vuelve a fichar para rodar “L’harem” (1967). Ese mismo año consigue su primer papel protagonista en “La lama nel corpo”, de Elio Scardamaglia. Es su primer contacto con el cine de género, que no abandonaría en sus más de cien películas y del que se convertiría en uno de sus puntales.

Su primer “western” es la coproducción “Trampa para un forajido” (Mario Maffei, 1967), cinta ya repleta de actores genéricos como Eduardo Fajardo, José Bódalo o Jorge Rigaud. El lejano Oeste de Almería se convierte en su segundo hogar en títulos como “Cara a cara” (Sergio Sollima, 1967) -tráiler-, “Su nombre gritaba venganza” (Mario Caiano, 1968) y “Oro sangriento” (Gianfranco Parolini, 1969). También incorpora al semi-célebre pistolero Sartana en títulos como “Una larga fila de cruces” (Sergio Garrone, 1969) y “Sartana en el valle de oro” (Roberto Mauri, 1970). Su popularidad se dispara y el horizonte se divisa feliz. Pero poco después de rodar a las órdenes de Mario Bava “Cinco muñecas para la luna de agosto”, la suerte le da la espalda de la manera más trágica.

En la noche entre el 5 y el 6 de agosto de 1970, los carabinieros invaden la villa de William Berger y su segunda mujer, Carol Lobravico, actriz del “Living Theatre”, compañía teatral fundada en 1947, y les denuncian por posesión de drogas. Encuentran la escandalosa cantidad de medio gramo de marihuana (otras fuentes apuntan que fueron 0,9 gramos, tanto da). Ocho meses más tarde, exactamente el 30 de marzo de 1971, les absuelven por falta de pruebas Mejor dicho, absuelven al actor, pues en ese lapso de tiempo, Carol fallece en el Hospital de los Incurables de Nápoles, tras setenta días de permanencia en el manicomio criminal de Pozzuoli, donde inútilmente la tratan de una hepatitis viral que a la postre es la causa de su muerte. El día de la redada y según un debate que tuvo lugar en la Cámara de Diputados el día 23 de abril de 1971 (¡hasta el Parlamento llegó el caso!), los carabineros : “tuvieron gravísimos errores certificando la existencia de intoxicación allí donde no la había; tomando por droga simples cápsulas para el dolor de cabeza y, nada menos, que agua destilada; considerando como drogado al melenudo simplemente por ser melenudo; teniendo por demostrado el uso de estupefacientes por la existencia de varia jeringas de plástico que son utilizadas, por el contrario, por los enfermos infecciosos por sugerencia de los médicos” (la traducción del debate es mía, por lo que, como siempre, no está libre de errores). Nueve personas son arrestadas y al matrimonio Berger, en un reconocimiento médico, se le diagnostica un presunto síndrome de uso de alcaloides del opio que debía tratarse en un psiquiátrico. El Procurador de la República de Salerno dicta orden de confinamiento, y las mujeres ingresan en el ya citado frenopático de Pozzuoli y los hombres en los de Aversa y Nápoles. Es inconcebible. Pero sigue la cosa: el director del Hospital de Pozzuoli, un tal Francesco Corrado certifica el deterioramiento físico de Carol Lobravico, su poco peso respecto a su altura (44 kilos y metro sesenta y cinco de altura), y una fuerte depresión. También averigua que había sido tratada de una hepatitis viral y que 18 meses antes había sido intervenida de un fibroma uterino. Pese todo ello, no se le permite transportar a la prisión los medicamentos que habitualmente utiliza para el tratamiento. Así, el primer día de septiembre de 1970 comienzan las fiebres, que nunca son tratadas convenientemente. El 25 de septiembre se suman los dolores abdominales. El día 2 de octubre (casi dos meses encerrada y atada en la cama; sí, atada) su estado empeora y por fin creen necesario su traslado al Hospital Cardarelli de Nápoles. Allí se le diagnostica una grave infección peritoneal. El 7 de octubre, y bajo sospecha de que tiene el tifus (!!!!), se la traslada al Hospital de los Incurables, donde se constata una infección bronco-pulmonar y una grave infección cardio-circulatoria. El 14 de octubre fallece tras una larga agonía. Su marido solo puede verla el día 9 de ese mes, y ni tan siquiera son capaces de quitarle las esposas.

En palabras del diputado Orlandi en el citado debate: “No debemos olvidar que sobre el pretendido monumento (se refiere a la rehabilitación de la justicia italiana con la absolución del actor) existe un epitafio que constituye una vergüenza para todos nosotros, el apunte de la muerte, en condiciones humillantes y misteriosas de una mujer que tenía derecho a vivir y que continuaría, ciertamente, en vida si la farragosa máquina de la justicia italiana no le hubiese impedido poder disfrutar de aquella libertad a la que, por lo que parece (por la puesta en libertad del actor), tenía derecho”.

Trágica y vergonzosa página negra de la justicia italiana, que dejó morir a una mujer por el delito mayor de encontrar en su casa medio gramo de maría.

Pero como los distribuidores cinematográficos son gente que puede caer pero que muy bajo, no se les ocurre otra cosa que reestrenar “La lama nel corpo”, en la que Berger interpretaba a un médico sospechoso de asesinato, con el siguiente eslogan: “Berger, ¿culpable o inocente?”. Realmente nauseabundo.

Los avatares judiciales de Berger se alargan bastante en el tiempo y le dan una notoriedad mayor de la que ha conseguido por sus actuaciones. Pese a que es requerido por multitud de realizadores importantes, el actor decide quedarse en Italia y vuelve a hacer aquello que sabe: interpretar. Su regreso a los platós viene en forma de “giallo” dirigido por el interesante Tonino Valerii: “Sumario sangriento de la pequeña Estefanía” es una película muy apreciable, bastante cruenta en ocasiones pero que tiene un final bastante precipitado y risible.

Siempre bajo una estricta vigilancia policial en los rodajes, Berger vuelve al “western” con filmes menores como “Y dejaron de llamarle Camposanto” (Giuliano Carnimeo, 1971) -tráiler-, “Un colt in mano del diavolo” (Gianfranco Baldanello, 1972) o “Mano rápida” (Mario Bianchi, 1973). En 1973 es dirigido por Jesús Franco en “Los ojos siniestros del Dr. Orloff”, donde interpreta al malvado protagonista. Supone la primera de las varias películas que hizo bajo las órdenes del realizador madrileño. Otras son “La noche de los asesinos” (1976), “Cartas de amor de una monja portuguesa” (1977) y “Juego sucio en Casablanca” (1985), entre otras.

En 1974 participa en “La merveilleuse visite”, de Marcel Carné, junto con su hija mayor, Debra. Son años de trabajo frenético, en los que a William no le interesa la calidad del producto, únicamente trabajar, quizá olvidar.

Trabaja con Lino Ventura, Isaac Hayes y Fred Williamson en “El policía, el ganster y el violento” (Duccio Tessari, 1974), con Franco Nero y Woody Strode en la crepuscular “Keoma” (Enzo G. Castellari, 1976), de nuevo con Mastroianni y Laura Antonelli en “Esposamante” (Marco Vicario, 1977).

En los ochenta espacía un poco sus apariciones en cine, que compagina con la televisión. Deja que su talento destaque en infinidad de subproductos a las órdenes de realizadores tan poco frecuentables como Luigi Cozzi, Lamberto Bava, Tonino Ricci, Mario Gariazzo y Nello Rossati.

Pero también lo encontramos en películas de mayor relieve, aunque se trate de papeles secundarios, como en “Hanna. K” (Costa-Gavras, 1983), “Il giorno prima” (Giuliano Montaldo, 1987), junto a Ben Gazzara y Burt Lancaster, “Dr. M” (Claude Chabrol, 1990) o “La puta del rey” (Axel Corti, 1990). Su última aparición en la pantalla grande data de 1994, “Berlin ‘39” , bajo dirección del veterano Sergio Sollima. Poco antes del estreno de este filme, el 2 de octubre de 1993, William Berger fallecía de cáncer de próstata.

miércoles, 25 de abril de 2007

PETER LEE LAWRENCE, UN PISTOLERO SIN SUERTE




La maldita enfermedad se lo llevó cuando aún no tenía treinta años. Repasemos la breve historia de un actor alemán que se dedicó principalmente al “western”, una presencia que se dejaba querer por la cámara.

Su nombre auténtico era Karl Hirenbach, pero con el apogeo del género americano por excelencia, al igual que cientos y cientos de profesionales, tuvo que resguardarse en un seudónimo anglosajón por el bien de la distribución internacional del producto. Nació en la isla de Lindau, una idílica población situada en el lago Constanza, en Bavaria el 21 de febrero de 1945.

Debutaría en el cine a la edad de 20 años de la mano de Sergio Leone, ahí es poco, en la coproducción germano-italo-hispano-monegasca (uff!) “La muerte tenía un precio”, en la que aparecía sin acreditar. Su aparición se limita a un “flashback” en el que es asesinado por el “Indio” Gian Maria Volontè.

Rubio, alto y de atractivo aspecto, pronto se haría un hueco en el cine de género que se rodaba en Italia y España y pasaría a ser protagonista principal de diferentes películas, como “El hombre que mató a Billy el Niño” (Julio Buchs, 1967), en la que incorporaba al famoso pistolero En 1968 protagoniza “La furia de Johnny Kid” (Gianni Puccini) al lado de Cristina Galbó, con la que acabaría casándose un año más tarde (¡qué buena pareja hacían!). De esta unión nacería un hijo.

El joven Peter estaba en su apogeo. Fue el protagonista absoluto de “Winchester, uno entre mil” (Primo Zeglio, 1968), “El sabor del odio” (Umberto Lenzi, 1968), al lado de John Ireland, y “Uno a uno, sin piedad” (Rafael Romero Marchent, 1968), todos ellos grandes éxitos en nuestras taquillas.

Ese mismo año y cambiando de género, rodó “Brigada suicida” a las órdenes de Alfonso Brescia. Película ambientada en la segunda guerra mundial en la que compartió pantalla con la bella actriz italiana Erika Blanc, nacida Erica Bianchi. Fue el inicio de una larga colaboración que duraría hasta su muerte.

El trigueño Peter se convirtió en un destajista. Después de un rodaje comenzaba otro, cuando no simultaneaba varios. Otros títulos en los que participó fueron “Sin aliento” (Fernando Cerchio, 1969), “Tiempos de Chicago” (Julio Diamante, 1969), film de gánsteres o “Garringo” (Rafael Romero Marchent, 1969), un “western” bastante superior a la media.

En 1971 protagonizaba “Belleza negra”, de James Hill, basada en el famoso cuento de Anna Sewel publicado en 1877. Durante estos años, en los que el “western” mediterráneo ya se había contaminado por el humor del fenómeno “Trinidad”, Peter siguió en primera línea de fuego con cintas como “Reza por tu alma…y muere” (Tulio Demicheli, 1970), “La muerte busca un hombre” (José Luis Merino, 1971), “Cuatro pistoleros de Santa Trinidad” (Giorgio Cristallini, 1971) o “Un dólar para Sartana” (León Klimovsky, 1971).

Después de unas cuantas películas coprotagonizadas con Erika Blanc, y su participación en las cintas españolas “Tarzán y el arco iris” (Manuel Caño, 1972) y “Los caballeros del botón de ancla” (Ramón Torrado, 1974), rodaría su último filme, “Il bacio di una morta” (Carlo Infascelli, 1974), nueva versión de la novela de Carolina Invernizio que ya había sido llevada a la pantalla por Guido Brignone en los años cuarenta.

El 19 de abril de ese mismo año, Peter Lee Lawrence moría. Ha habido muchos rumores sobre las circunstancias de su muerte. De hecho, incluso en www.imdb.com se habla de suicidio. Parece ser que Peter sufría un tumor cerebral que le hacía caer en contínuas depresiones y cambios de humor. Si se suicidó o no lo hizo, no lo sabemos. Según su compañera Erika Blanc, está claro que no acabó con su vida.

Lo cierto es que en los escasos nueve años de carrera que tuvo, participó en una treintena de producciones y quién sabe lo que hubiera ocurrido si las cosas hubieran ocurrido de otra manera. El “western” europeo no se concibe sin su presencia, una de las más importantes y carismáticas de ese período de frenética actividad cinematográfica, cuando el cine era una industria en nuestro país.